Martes 03 de Enero de 2012 21:57

Fernando de Noronha: Brasil color turquesa

por  Planeta Buceo
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Reserva ecológica y meca del buceo, este archipiélago del Nordeste brasileño es un oasis de aguas Cálidas y transparentes. Experiencias en primera persona, entre playas paradisíacas y morros selváticos.

Primero hay que caminar por un sendero selvático. Luego se bajan dos escaleras metálicas, angostas y empinadas, ubicadas en la abertura de unas rocas enormes. Una vez que se sortearon esos inesperados obstáculos y con el equipo de snorkel intacto en el hombro, aparece un nuevo desafío para el estado físico: varias decenas de escalones de piedra, uno más alto que el otro. Finalmente, los pies se hunden en la arena de la Bahía de Sancho y uno comprueba que valió la pena el esfuerzo que demandaron los 50 metros de acantilados y que su fama no era exagerada... ¿Cómo no sospechar que estamos en una de las playas más hermosas del mundo? Los peces de colores nadan hasta en la orilla, el mar es cálido y turquesa con olas mínimas, la vegetación es exuberante, el cerco de paredes rocosas forman piscinas naturales... Suena raro a la distancia –en tiempo y espacio–, pero durante algunas horas, toda nuestra atención estuvo enfocada en seguir con la mirada a una veloz tortuga marina, adivinar la silueta de algún delfín en el horizonte y esquivar un par de embarcaciones (la otra manera de acceder a esta playa). Nunca como entonces, las palabras del guía resultaron tan sabias y certeras. Porque como bien había advertido Márcio, “en Fernando de Noronha, el cuerpo se cansa pero la mente descansa”.

 

Sería ingrato elegir una playa como favorita en este archipiélago de 26 kilómetros cuadrados formado por 21 islas de origen volcánico, de las cuales sólo la más grande está habitada por 3.600 personas. Si bien pertenece al estado de Pernambuco y presenta la impronta del Nordeste de Brasil en su música, gastronomía y pronunciación del portugués, Noronha se encuentra en el medio del océano Atlántico, a 545 km de Recife y 360 km de Natal. Pero lo más curioso es que está apenas 4 grados debajo de la Línea del Ecuador y a 2.800 km del continente africano.


Algunas de las singulares características se logran apreciar desde el avión que partió 55 minutos antes de Recife: los distintos ángulos de la roca cubierta de vegetación y sus satélites insulares, así como los icónicos Morro do Pico (con 323 metros, el más alto) y las Ilhas Dois Irmaos (islas Dos Hermanos) asoman por las ventanillas en una tarde despejada.


Las demás particularidades del archipiélago, donde se destaca una esmerada convivencia en equilibrio entre el hombre y la naturaleza, se van aprendiendo no bien se aterriza en el pequeño aeropuerto. Por si alguien olvidó un instante que se trata de un Parque Nacional Marino, lo primero que todo viajero tiene que hacer al pisar Fernando de Noronha es pagar una tasa de preservación ambiental diaria, destinada al mantenimiento de las condiciones ambientales y ecológicas. O demostrar que se ha pagado vía Internet la estadía prevista.


Este es un viaje que no puede ser librado a la improvisación. Sólo el hecho de estar en la isla significa que uno pertenece al selecto grupo de los 420 visitantes que son aceptados por día, para evitar la sobreexplotación turística.


Histórica y natural

“El paraíso es aquí”, dicen que afirmó Américo Vespucio al llegar por accidente en 1503 a Fernando de Noronha, algo tan incomprobable como creíble... ¿Qué otra cosa pudo haber dicho el navegante? Aunque el nombre se lo debe a un noble portugués que jamás pisó la isla pero financió una serie de expediciones, su posición estratégica hizo que fuera escenario de invasiones de holandeses y franceses, antes de ser ocupada definitivamente por los portugueses. Para ponerle un freno a las invasiones extranjeras, en el siglo XVIII se construyeron diez fortificaciones –algunas pueden visitarse–, conformando el mayor sistema fortificado de Brasil de la época.

 

Desde 1737 hasta 1938, Noronha fue colonia correccional y, durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como presidio político primero (de 1938 a 1942) y base militar después (de 1942 a 1945). A su vez, fue territorio federal hasta 1988, cuando pasó a ser Parque Nacional Marino dependiente del gobierno de Pernambuco y, por supuesto, fue declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO. Absolutamente conscientes de vivir en un lugar especial, los isleños se esmeran en contar, una y otra vez, los orígenes y las características de Noronha. Por ejemplo, que el archipiélago surgió entre 12 y 8 millones de años atrás y que constituye la parte emergente de un volcán submarino extinto que tiene su base a 4.000 m. de profundidad y con 70 km de diámetro.


Desde los derrames de lava hasta las variaciones en el nivel del mar, sumados a las formaciones y sedimentos más recientes –como playas y arrecifes–, todo es explicado en la llamada “charla de introducción a la isla”. Patricia, del municipio de Noronha, sabe que ha brindado mucha información en pocos minutos y que uno irá asimilando los datos con el correr de los días. Pero también es importante entender dónde estamos, porque suele no valorarse lo que no se conoce ni se comprende.


“Preservar todas las formas de vida y aprender observando sus relaciones”. Así definen al ecoturismo al final de un didáctico power point, en las instalaciones del Proyecto Tamar. Un calendario enseña las actividades programadas e invita a observar el trabajo de captura y marcación de tortugas en las playas.

 

No culpes a la playa...

Las bahías y ensenadas de la isla encierran unas quince playas, todas distintas y encantadoras. El litoral noroeste está protegido de las corrientes y vientos, con playas de arena y mar verde esmeralda o turquesa. En cambio, el litoral sudeste se caracteriza por sus aguas azul oscuro.

 

La primera panorámica del viaje fue registrada en la Playa de Leão: desde lo alto de sus acantilados, ofrece una de las vistas más bellas de la playa donde desovan las tortugas marinas entre diciembre y julio. Nos cuentan que allí ponen unos 120 huevos por temporada, mientras que Baía do Sudeste (Bahía Sueste) es su área de alimentación. Entonces se ven ¡dos tiburones limão! Y al preguntarle a Márcio (a esta altura, ya es Marcinho para todos) si uno los puede encontrar en el mar, sonríe: “Es un risco”. Sí, dijo riesgo.

 

Precisamente, nos dirigimos hacia Bahía Sudeste para ver el único manglar de Sudamérica ubicado en una isla oceánica. Al andar por las calles de tierra, llenas de pozos gigantes, se entiende por qué el buggy es el medio de transporte más usado. Es que las medidas de protección ambiental no permiten mejorar los caminos.

 

La vegetación es alocada, caprichosa y agresiva, forma cuevas y esculturas verdes, tapiza morros. De ese caos vegetal –es imposible saber dónde comienza y termina cada planta–, surge un caballo blanco y, automáticamente, remite a las primeras y míticas temporadas de la serie Lost, cuando aparecía una vaca y anunciaba la presencia de “los otros”. Hasta ahora no vimos demasiados habitantes, pero es obvio que estamos menos solos de lo que parece.

 

“Es un destino ecológico, para sentir la naturaleza: buceamos entre peces y tortugas, vemos delfines y tiburones. Pero aquí también hay barro, mosquitos, piedras”, advierte Patricia, que vino de San Pablo en vacaciones y se quedó, hace 13 años. Y agrega: “El que no cree en Dios, aquí duda de la existencia”.

 

No se sabe si Bahía Sueste o Bahía de Sancho tiene las aguas más calmas, y algo similar ocurre con las playas de Atalaia y Bahía de los Porcos. Esta última es ideal para el snorkel porque tiene piscinas naturales cristalinas y se llega trepando rocas negras en las que se mimetizan los cangrejos.

 

Hay playas con acceso por tierra y por mar, buenas para la pesca o la práctica de surf entre diciembre y febrero. Es el caso de Cacimba do Padre, con olas fuertes azules, saladas y cálidas. Con los Dos Hermanos de frente, los chapuzones serán inolvidables.

 

Cita con el ocaso.

Como si fuera un déjà vu de otro atardecer contemplado hace años en João Pessoa, vuelve a sonar el Bolero de Ravel mientras el sol se retira. La cita es en el mirador de la Playa del Boldró, donde la gente se sienta en el suelo a disfrutar del ocaso. La escena transcurre junto al bar “Portinho do Boldró”, que sirve caipirinhas y caipiroskas de maracuyá en mesas bajas rodeadas por almohadones en lugar de sillas.

 

Si bien estamos cerca de Villa de Quixaba, vamos al primer núcleo urbano del lugar: la Villa de los Remedios. El paseo es breve como el centro colonial, y las calles son de piedras desparejas y en pendiente. Vale la pena tomarse unos minutos y subir hasta la entrada de la iglesia N. Sra. de Dos Remédios, construida en 1737.

 

Los adictos al shopping pueden sentir síndrome de abstinencia en una isla donde no hay casi nada para comprar y todo por vivir. A pocos metros, se encuentra la bajada a la Playa del Cachorro, famosa por el “Bar do Cachorro”. Ahí se arman bailes de forró por las noches, el ritmo característico del Nordeste brasileño –junto al frevo de los carnavales pernambucanos–, y se hacen fiestas de maracatú (una manifestación cultural africana con percusión y trajes típicos).

 

En Noronha oscurece a las seis de la tarde; por eso la gente se levanta temprano y la movida nocturna es tranquila. Dónde si no, en esta playa pasea Cachorrão, un hombre de cabello anaranjado y collar canino al cuello que saluda a los turistas con un ladrido. Su mascota mira y no abre la boca.

 

Ya es noche cerrada. Al contar sólo con ocho bungalows, la posada resulta un refugio cálido y amable, como sus anfitriones que sonríen, ofrecen agua de coco y piden cuidar el agua que se calienta con energía solar.
Hora de zapping en la cama: fútbol argentino en directo, noticias internacionales y Bonanza en portugués. Suena como lluvia, pero el viento sopla con fuerza y sacude las hojas de las palmeras.

 

Un acuario natural.

El objetivo de la jornada es navegar hasta Rata, una de las Islas Secundarias, para practicar buceo de bautismo. Con paciencia infinita, el instructor explica cómo usar el equipo, desde el traje de neopreno, patas de rana y máscara hasta el chaleco con tanque de aire comprimido. ¿La clave? Mantener la calma. Y claro, respirar pausado, apretarse la nariz cuando haya presión en los oídos e incorporar el lenguaje de señas (bajo el agua, para decir “ok” hay que unir el pulgar con el índice; el pulgar para arriba significa que uno quiere salir). Después del empujón inicial desde el barco, comienza el descenso, pausado y suave, en el que se va abriendo un mundo paralelo que sólo habíamos visto en documentales.

 

La realidad submarina se desliza lentamente y en un silencio sorprendente, sólo interrumpido por la propia respiración llena de burbujas. Así nadamos entre peces de formas y colores inconcebibles, que comen algas de las rocas... ¡se interpone una tortuga! Habiendo bajado 8 metros, la primera experiencia en las profundidades es impecable. Y es un privilegio que haya sido en uno de los diez mejores lugares del planeta para el buceo. No hay profesional que no sueñe con visitar la isla, al menos una vez en la vida.

 

Aves, dorados, meros, barracudas, rayas, tortugas y siete especies de tiburones (hay un museo) convierten a Fernando de Noronha en un verdadero acuario natural. También aquí se encuentra la Bahía de los Golfinhos, la mayor de delfines rotadores del mundo, cuyos saltos fueron conmovedores durante la navegación. Continuando con el lenguaje del buceo, los contemplamos en silencio porque las palabras estorban.

 

Fuente: www.clarin.com